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Los chicos del centro de menores más conflictivo de Valencia

En pleno aumento del número de adolescentes extranjeros no acompañados, la residencia de Buñol lleva dos años siendo objeto de polémicas. Un documental ofrece ahora otra mirada sobre 14 de sus residentes

Redactor

El centro de Buñol, localidad situada a 40 kilómetros al oeste de Valencia, era una instalación de acogida. Eso significa que sus huéspedes vivían de forma estable. Pero en 2017 fue transformado provisionalmente en un centro de recepción. En ellos, los adolescentes de 12 a 17 años deben pasar un máximo de 45 días, que con frecuencia se supera, antes de ser derivados a otras residencias.

El cambio se produjo a raíz de la decisión de la Generalitat de cerrar el centro que tenía en el barrio de Monteolivete de Valencia, cuyas viejas instalaciones no daban más de sí, registraba problemas de orden público similares a los denunciados en Buñol y otros peores: la policía detectó que, desde hacía al menos una década, en torno al lugar se había galvanizado un sistema más o menos estable de prostitución de menores.

El cambio de función del centro de Buñol, de acogida a recepción, se anunció como provisional, mientras se construía uno nuevo en Llíria. Pero la llegada de los menores situó la residencia en el centro del escrutinio mediático y de las redes sociales. Cada incidente, como los que se producen habitualmente en otros centros de menores —en la Comunidad Valenciana hay 106— adquiría en el caso del de Buñol la categoría de noticia.

La oposición, especialmente la ahora candidata del PP al Ayuntamiento de Valencia, María José Catalá, censuró la gestión de los centros de menores por parte de Mónica Oltra, que además de vicepresidenta y portavoz de la Generalitat es consejera de Igualdad y Políticas Sociales. La líder de Compromís respondió que 20 años de gobierno del Partido Popular habían dejado el sistema de protección de la infancia «desmantelado y privatizado» y que su reconstrucción requería tiempo.

Y en medio de ese proceso entró como un huracán otro factor: «El fenómeno migratorio ha hecho que tengamos que adaptar a marchas forzadas las políticas de infancia que estábamos llevando adelante, teniendo en cuenta inicialmente el número de niños y niñas que había en el sistema. En 2015 llegaron a la Comunidad Valenciana 45 chicos extranjeros no acompañados y en 2018 fueron 945, 21 veces más».

4.200 menores tutelados

La Generalitat tiene 4.200 menores tutelados. La mayoría vive en acogimiento familiar y 1.400 lo hacen en residencias, que el Gobierno valenciano ha ido transformando en pequeñas instalaciones de seis o siete plazas. También ha ampliado un 65% la plantilla de educadores, con 400 profesionales más. En un centro como el de Buñol, los chavales reciben formación en castellano y nociones de oficios como jardinería y restauración, se les imparten talleres de igualdad y se les invita a participar en actividades culturales, como el curso de teatro que el año pasado ofreció la compañía Pont Flotant y grabó Raúl Riebenbauer, autor del documental Ahir/Demà (Ayer/Mañana) que se estrenará en el Festival de Documentales de Tesalónica.

A bordo del coche el que cada mañana se dirigía a Buñol desde Valencia, Jesús Muñoz, uno de los actores de Pont Flotant, cuenta en la primera escena del documental que el primer día llegó a la residencia con miedo. «No sabía lo que me iba a encontrar, ni cuál iba a ser su respuesta. Y si yo, con 41 años y 40 kilómetros de mi casa, tenía miedo, me imagino lo que podían sentir ellos».

Abrazos

Los protagonistas del documental son 14 chavales, todos chicos, de 16 y 17 años, procedentes de Marruecos, casi todos de pequeños pueblos del centro del país, a los que en el taller estuvo traduciendo una intérprete del centro. La cámara los graba haciendo el espejo por parejas, simulando una pelea a cámara lenta y abrazándose muy despacio. Como si fueran dos amigos que llevan una semana sin verse, y luego un año sin verse, 15 años sin verse, y al final tanto tiempo sin verse que uno de los dos no se acuerda del otro.

En adolescentes que han dejado hace poco sus vidas atrás, ejercicios actorales básicos como estos servían, además de para desinhibir el cuerpo y la voz, «como vía de escape para las emociones acumuladas», dice Muñoz.

Lhacen, Houssen, Mehdi, Abdessamed y el resto de chavales hablan en improvisaciones de las hermanas, padres y amigos a los que echan de menos, y de lo que les gustaría ser: algunos médicos o cantantes, con más frecuencia camareros, cocineros y mecánicos. Los actores les dijeron que el taller usaría como materia prima las experiencias que ellos quisieran contar.

«El primer día sacaron el tema de las pateras, pero luego durante casi dos meses nadie habló de ello. Y pasado ese tiempo, cuando se había creado un clima de confianza, empezaron a hablar del tránsito». «Viajé desde Tánger en los bajos de un camión. Temblaba, me asusté». «Pasé tres días en una patera, con frío y lluvia, sufrimos mucho». «Vine en moto acuática. Nos caímos al mar, hacía frío, tuve mucho miedo, pensé que íbamos a morir», van contando ante la cámara.

Riebenbauer cree que su documental, que le gustaría que se mostrara en los institutos, «permite al espectador ver que también eso es un centro de recepción de menores; que los chavales no son delincuentes, ni seres de otro planeta, sino unos chicos que podrían ser ellos o sus hijos».

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